DE COMO UN ENTOMOLOGO SALVO AL MUNDO DE LA TERCERA GUERRA MUNDIAL

Hacia 1981, durante el primer gobierno de Ronald Reagan, su secretario de estado Alexander M. Haig, denunció que la Unión Soviética había apoyado a los vietnamitas en el uso de armas químicas contra rebeldes de Laos y Camboya.

La Convención de Ginebra estaba en entredicho, ya que esto suponía una violación por parte de Rusia y Estados Unidos con esa afirmación pretendía dar paso a una respuesta proporcional.

La prueba definitiva era una fina lluvia amarilla de gotas de unos seis milímetros que se encontraron en diferentes lugares de la selva de Tailandia en la zona fronteriza con estos dos países comunistas.

Desde 1976 se habían venido sucediendo noticias sobre el posible uso de armas químicas en el sureste asiático, debido a la aparición de un moteado amarillo en las hojas de los árboles de la zona, que fue atribuido a una misteriosa lluvia amarilla. Durante años, la posible naturaleza tóxica de este material había resistido los diferentes intentos de caracterización, hasta que en septiembre de 1981 el laboratorio del profesor Mirocha, de la universidad de Minnesota, certificó la presencia de micotoxinas en algunas muestras enviadas para su análisis por el Departamento de Estado. Se trata de toxinas del grupo de los tricotecenos, que son producidas por algunas variedades de Fusarium, un hongo bastante común y que paradójicamente es bien conocido en la Unión Soviética, donde produjo cerca de un millón de intoxicaciones al final de la segunda guerra mundial, a consecuencia del consumo de trigo infectado por este hongo.

Por suerte, poco tiempo antes, el entomólogo Thomas D. Seeley había publicado un artículo en la revista Ecological Monographs en el que describía varias especies de abejas asiáticas. Entre los datos aportados había una descripción del tamaño y forma de las heces, que coincidía sospechosamente con las pruebas inequívocas de armamento químico. La información llegó al Pentágono. Estados Unidos optó por retirar discretamente la acusación de violar el Tratado de Ginebra, y el trabajo de un entomólogo evitó lo que pudo haber sido un conflicto armado por unas deposiciones de abeja. 

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